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Paula |
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Me llamo Paula, tengo veinticinco años y soy de Madrid, España. Llegué a la Comunidad herida por las falsas luces del mundo: apariencia, dinero, placeres, moda, culto corporal, fiestas, sustancias, la noche. Elegí esta forma de vida porque me hacía sentir importante, hermosa, amada, deseada. Intenté llenar un vacío que llevaba dentro de mí desde niña, perdiendo así el verdadero sentido de la vida, mi dignidad y mi verdadero valor. Hoy sé que Dios nunca me ha abandonado, pero respetó mi libertad, y así, en el momento en que dije “basta” y quise salir de esa oscuridad, envió a alguien que, mirándome a los ojos y viendo mi sufrimiento, me dijo: "Si quieres salir, hay un lugar esperándote". Con determinación decidí entrar en la Comunidad. Seguramente, desvincularme de todo ese mundo no era fácil, pero por dentro estaba segura de que no quería volver a mi vida de antes. Esta conciencia me hizo permanecer en la Comunidad durante el primer periodo. Ahora sé que Dios ya estaba obrando dentro de mí ¡sin que yo me diera cuenta! Pero mi corazón estaba tan cerrado que no podía sentir el amor ni el bien de quienes me rodeaban y no confiaba en ellos. Había un muro dentro de mí y mis relaciones seguían siendo superficiales, como siempre lo habían sido antes. No quería profundizar por miedo al sufrimiento. Aun así, me costó mucho decidir abrir mi corazón por primera vez: ocurrió durante una conversación profunda con un sacerdote. Después de mucho tiempo experimenté el amor, el amor de un Dios Padre, un amor limpio y sano, un amor verdadero, ese amor que siempre había buscado en las cosas y en las personas, sin encontrarlo nunca. Este encuentro vivo con el amor del Padre dio origen a una nueva esperanza en mi corazón y al deseo de querer caminar junto a Él. En el tiempo que pasé en la fraternidad de Medjugorje, experimenté la maternidad y la ternura de María a través de quienes estaban a mi lado, y gracias a esto todos los muros que aún tenía cayeron. Me sentía frágil y vulnerable, pero tan querida en mi fragilidad. También empecé a construir relaciones y amistades verdaderas, ya no necesitaba ponerme las máscaras que me había puesto antes, por fin me sentí libre. La presencia de María me hizo descubrir la verdadera belleza de ser mujer, y esto me permitió sanar heridas profundas. Entendí que la verdadera belleza no es la física, sino la que hay dentro: una vida vivida con dignidad que se convierte en un regalo para los demás, una vida llena de bondad que llena mi corazón de una alegría profunda. Actualmente vivo en la fraternidad de Adé, cerca de Lourdes. Agradezco vuestra confianza y el gran regalo de poder estar aquí, donde me siento muy amada por María, la Inmaculada. Dar la bienvenida a las chicas que entran como yo, vacías por diferentes razones, y luego ver que gracias a Dios empiezan a sonreír, a querer lo bueno, a querer vivir, es la mayor alegría para mí. ¡Son los milagros que presencio cada día! Me doy cuenta de cómo todo mi pasado y mis heridas ahora tienen un valor inmenso: precisamente lo que sufrí en la vida de oscuridad y que sané y releí bajo una nueva luz en el camino comunitario, hoy es el tesoro que me ayuda a entender mejor a las nuevas chicas que entran, a comprender sus sufrimientos y caminar con ellas hacia una nueva vida. Doy gracias a Madre Elvira por el fuego de amor a la vida que ha encendido en tantos corazones, hoy también en el mío, que lucha por la vida y por la bondad, con un fuerte deseo de amar. Estoy agradecida porque el mayor regalo es este: ¡aquí, cada día, puedo aprender a amar!




