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Últimamente, cuando siento rezar o cantar el “Credo”, resuenan fuertemente en mí las palabras de esta oración y hacen vibrar mi alma. Diciendo “creo” el corazón se pacifica, se serena, se fortifica en la certeza de que mi vida y la de la Comunidad están en manos seguras: creo en Dios Padre, creo en Jesucristo, creo en el Espíritu Santo. . . Son palabras que dicen la verdad, lo que es la fe: es apoyarse en Alguien, sólo cuando confiamos en Él nuestra historia experimenta la serenidad que nace de la certeza de saber que siempre fuimos deseados por el Padre Creador, recreados continuamente y redimidos por el Hijo Salvador, abrazados y acompañados todos los días por el Espíritu Santo Amor.
En cada situación de la vida permitamos que broten de nuestra alma estas palabras, que se transformarán en la respiración de nuestro corazón, en el alimento de nuestra vida interior: ¡en la alegría creo, en el dolor creo, en la salud creo, en la enfermedad creo, en los momentos de luz creo, en los momentos de tinieblas creo…creo…creo!
“Creo” es el anuncio que debe habitar nuestro ser, instalarse en lo profundo del corazón para luego transmitirlo a todo el mundo y nosotros somos los que tenemos que hacerlo: nuestra vida renacida debe anunciar y testimoniar que el Padre existe, que está Resucitado y vivo, que el Espíritu Santo continuamente anima con la vida nos hace respirar.
La fe en Dios hace nacer una nueva historia dentro de nosotros, una historia bella, nos abre a la esperanza de que es posible cambiar. Nosotros, que siempre tenemos la mirada puesta en el pasado, que no podemos desengancharnos de lo que nos hizo sufrir y nos humilló, aprendemos que entregando nuestro “ayer” a la misericordia de Dios podemos vivir un “hoy” distinto, que cada día es un nuevo día, un día vivo, con colores y posibilidades nuevas que se abren a nuestra libertad.
Pero para que suceda en nosotros el milagro de la resurrección, debemos ser serios en la oración, limpios en la imaginación, en los pensamientos, tenemos que ayudarnos para no banalizar el tiempo que le entregamos a Dios: muchas veces estamos en capilla pero quizá pensamos en otra cosa, a veces estamos muy lejos y cargando el lastre del pasado, otras veces estamos espantados, agitados, confusos… De esta forma ofendemos a Jesús porque el verdadero alimento no es estar ahí delante de Él, sino recibirlo, aceptarlo, es vivir con Él, entregarle a Jesús nuestro vivir, hecho de luces y sombras, diciendo “Yo creo en Dios, en Jesús, en el Espíritu Santo.”
Nuestra vida depende de la calidad de nuestra oración, de la calidad de nuestra fe. A menudo le digo a nuestras hermanas más jóvenes que hacer las cosas sólo porque nos lo mandaron, es un desperdicio, una tristeza, es un deber muerto, y si lo hacemos sólo por deber, ¿qué mujeres somos, que religiosas somos? La fe no es un peso que se carga, un deber pesado para cumplir, es un don que te abre el horizonte, que genera servicio gratuito, alegre y fiel, que te hace correr y volar en el amor.
Declarar con alegría “creo” significa ser hombres y mujeres verdaderamente libres, dinámicos, sumergidos en la alegría que se hace servicio para todos:
¡es haber descubierto la verdadera grandeza de la vida!
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