La paz de Jesús y el amor de María, estén con todos ustedes!
Me llamo Hermana Adevânia, soy de la ciudad de Mogi das Cruzes – San Pablo, y hace algunos años que vivo en la gran familia de la Comunidad Cenáculo.

El encuentro con la Comunidad, ocurrió a través de un gran sufrimiento que estábamos pasando por causa de la dependencia de la droga de mi hermano, gracias a nuestro párroco que conocía la Comunidad, en el distrito de Taiaçupeba, nos indicó la dirección y fuimos a pedir ayuda a los “italianos” como eran conocidos los misioneros aquí en los alrededores, pero de la que nunca habíamos oído hablar.Adevania 2 Este encuentro fue un rayo de luz en nuestras vidas, en particular en la vida de mi hermano que dio inicio a su camino de las “tinieblas a la luz”. La Comunidad no nos pidió nada a cambio, solamente nuestra confianza y mucha oración, era algo que nos impresionó mucho, no conocíamos el verdadero significado de la palabra “Providencia” y fue a través de la Comunidad que esa “Providencia” vino a nuestro encuentro. En aquella época, la Comunidad para los muchachos estaba solamente en la ciudad de Jaú que queda en el interior de San Pablo y la Comunidad de Mogí era para acogida de niños abandonadas o con dificultades familiares. Mi hermano fue para Jaú y no podíamos ir a visitarlo, pero el responsable de la misión nos invitaba siempre a visitar a los niños y a conocer el camino que la Comunidad enseñaba. Aquél rayo de luz que entró en nuestras vidas, comenzó a brillar en un modo especial también en mi corazón. Después sentí que la Comunidad no era solamente para la “recuperación de las drogas” sino que era un verdadero encuentro con Dios, aquél Dios que de niña había conocido a través de la educación recibida de mis padres, pero que en la juventud había dejado de lado, e incluso no haciendo “nada incorrecto” a los ojos del mundo yo también precisaba de ayuda. Durante los dos primeros años de camino de mi hermano en la Comunidad nuestra amistad crecía por medio de cartas y llamadas telefónicas, donde él me contaba de su nueva vida en Cristo, de las enseñanzas de la Comunidad, de vivir una vida enteramente cristiana, llena de valores y la lucha para escoger el bien. Sentía que yo también precisaba descubrir esta vida verdadera lejos de las mentiras y de los engaños de la vida. Dentro mío había un gran entusiasmo, pero no tenía el coraje de dejar aquello que me parecía importante, el “futuro”, mi trabajo, el deseo de formar una familia... Hasta que un día, mi vida cambió completamente. Nunca me voy a olvidar de aquel encuentro en el cual conocí personalmente a Madre Elvira que estaba de visita en la Misión de Mogí, tenía mucha curiosidad por conocerla, porque todos hablaban de ella con mucha fe, con gran cariño y mucho respeto, porque para ellos era una santa! Y aquel día conocí a una “santa”, una monja muy especial, que me abrazó como si nos conociéramos desde siempre y me dijo: “¡Veo que tú eres una persona muy triste!”. Ella continuaba a hablar y nos traducian en portugués, pero en aquel momento yo pensaba solamente en esta frase.

Una frase que muchos me repetían y que yo nunca aceptaba, pero cuando esta monja que nunca me había visto, que no sabía nada de mi vida, me dijo la misma cosa, sentí como si fuese Dios que me hablara a través de ella. En aquel mismo instante sentí un gran vacío en mi corazón, desde hace mucho tiempo vivía una vida sin fe, llena de mentiras y que incluso no usando drogas ni alcohol, yo tenía muchas dependencias que me dejaban triste. Después de una semana, volví a hablar con Madre Elvira y en aquel diálogo tomé la decisión de terminar una relación amorosa que había durado 6 años, no fue fácil, pero sentí que aquella tristeza estaba desapareciendo y que dentro mío tenía las ganas de comenzar una vida nueva. Comencé a frecuentar la Comunidad durante los fines de semana, hasta que después de algunos meses dejé el trabajo y entré en la Comunidad, pensando que más adelante sería enviada a la misión en el Estado da Bahía. Los meses pasaron, comencé a conocer al Cenacolo no como una visitante, sino como parte de la familia. Gracias a Dios y a las chicas que estaban comigo que fueron mis “ángeles de la guarda” y a una misionera, de modo especial, que me acompañaba en este camino, me ayudaron a comprender la "mentalidad europea" o mejor dicho, a aprender un estilo de vida diferente, como el estilo de vida que la Comunidad me ofrecía y me pedía para vivir, y así hacer los primeros pasos para cambiar mi vida.

Descubrí la importancia de una relación personal con Dios, en la Adoración Eucarística, de educar y ser educada en este nuevo estilo de vida.... pero a veces me sentía como un “pez fuera del agua” porque todos los misioneros habían hecho un camino de vida en las fraternidades de Italia y yo no entendía algunas enseñanzas y comportamientos.

Cuando un día, junto con mi hermano y otro chico brasilero nos mandaron para Italia, donde se encontraba la “Casa Madre” de la Comunidad y otras fraternidades masculinas y femeninas. Mi hermano y este chico fueron a vivir a la fraternidad al lado de la casa de los consagrados y de las monjas donde Madre

Elvira pasaba su jornada, y yo en una fraternidad mixta con chicos, chicas, familias y niños a más o menos una hora y media de auto (de distancia). No nos veíamos siempre, solamente en los encuentros comunitarios, no fue fácil, ya que yo no conocía a nadie, no hablaba italiano y entendía muy poco, menos mal que había una muchacha que hablaba español y así conseguía comunicarme un poco. Cuando fui a Italia, los misioneros de Mogí me dijeron que debía aguantar esta experiencia por al menos 3 años, después volvería para Brasil.

Aquellos 3 años parecían una eternidad, porque después de algunas semanas ya no podía más “aguantar” la nostalgia. Pero todo aquello nuevo que estaba viviendo, aunque si era difícil, me daban ganas de vivir esta vida que todos los demás vivían en la simplicidad y en la verdad. Luego de dos semanas me encontré con mi hermano, en este encuentro la Comunidad festejaba la fiesta de Pentecostés, día en el cual los consagrados y las monjas de la Comunidad junto con Madre Elvira renuevan las promesas de seguir a Jesús en esta familia religiosa. En aquel día, 4 jóvenes novicias recibieron la cruz que los consagrados llevan en el pecho, yo nunca había visto a esas mujeres, pero me emocioné tanto que lloraba de alegría por ellas, mi hermano me gastaba diciendo …. “no será que tú también quieres colocarte aquella cruz?”. Aquellos 3 años pasaron volando y hoy agradezco a Dios por aquellos misioneros que me dijeron “aguanta”, porque si hubiese desistido delante de las primeras dificultades, hoy no podría imaginarme que aquel sufrimiento en familia, haya sido el camino para descubrir mi vocación.

En aquella fraternidad, aprendí muchas cosas y la amistad crecía, y despacito empezaba a entender el verdadero espíritu de la Comunidad cuando después de algunos meses fui llamada para ir a la casa de las hermanas, porque Madre Elvira quería hablar conmigo, dentro mío pensaba: “Qué será que la Madre me va a decir?”. Con un italiano hablado casi en portugués, le conté a ella toda mi vida y al final de este largo diálogo, ella se volvió hacia mí y me dijo: “Mañana tú vuelves aquí con todas tus cosas, porque así estarás cerca de tu hermano”. Madre Elvira había leído en mi corazón algo que yo todavía no sabía. ¡Yo en la casa de las hermanas! Gracias a Dios había otras mujeres que estaban allí de pasada: quien esperaba para irse a la misión, quien estaba para descubrir cual era su vocación. Yo no estaba allí por casualidad. Viviendo con las hermanas y novicias, vi que ellas eran “personas normales” con sus dones y sus fragilidades. Con ellas yo rezaba mucho, trabajaba, y había un clima de mucha unidad y alegría. La presencia de Madre Elvira en cada lugar de la casa, su mirar, sus “sermones”, su simplicidad, su oración.

Comencé a reflexionar y a preguntarme ¿cuál era mi vocación? Fue una gran lucha interior, durante la noche me levantaba para rezar y veía siempre que había una hermana delante de Jesús Eucaristía que rezaba, sentía que Jesús me llamaba a estar allí de rodillas como ellas. Cuando llegó la fiesta de la Anunciación del Señor, Madre Elvira dijo que las chicas que quisieran consagrarse a Dios, que escribieran una carta pidiendo a ella de hacer este paso! Yo no sabía qué hacer, era bonito estar con las hermanas, pero también sentía mucha nostalgia de mi familia. Así que no escribí ninguna carta, pero algunos minutos antes de la Santa Misa de aquel 25 de marzo, corrí al encuentro de Madre Elvira y le dije que quería formar parte de esta familia, junto con las hermanas! Ella con mucho cariño me dijo: “Finalmente has dado una respuesta!”. Y fue así que, con mucho miedo y al mismo tiempo con mucha alegría, comencé este camino, con el deseo de vivir de Él, como Él y para Él, pues en Jesús está la gran riqueza de la vida. Confieso que el camino es largo, pero vale la pena! Porque el Señor está siempre a mi lado, dándome la fuerza para levantarme siempre. Agradezco a Jesús que me escogió entre tantas mujeres que son mejores que yo, porque Él está más allá de mis fragilidades y no me excluye de su Gracia, sino que me llama a vivir esta gracia especial en esta familia que hoy somos las “Hermanas Misioneras de la Resurrección”. En este camino en la casa de formación, aquí en Italia, donde hoy me encuentro, tuve la oportunidad de vivir un período en nuestra misión del Perú y hoy tengo el gran don de vivir junto a otras 3 hermanas al lado de Madre Elvira, que en su último período de vida, nos enseña a amar la vida en todas sus dimensiones.

Agradezco a Dios y a Nuestra Señora por formar parte de esta linda familia. Muchas gracias, permanezcan con Dios!

 

Sr.ANNA“Dios sabe todo de nosotros por eso nos envuelve en su Misericordia” Madre Elvira

Me llamo sor Anna, soy de Bélgica (Gent) y tengo 28 años. Crecí en una familia cristiana, cuando pienso en mi infancia siento una gran alegría en el corazón. Mis padres nos quisieron mucho a mi hermano y a mí. Un bien expresado con gestos concretos de amor: jugar junto a nosotros, enseñarnos que hay más alegría en dar que en guardarse las cosas. Creo que la enfermedad de mi mamá –distrofia muscular- me permitió tener más abierto el corazón hacia los demás. Ya desde niña comprendía que excluir a una persona porque “es distinta”, hace mal. No quería hacerles a los demás lo que a veces sufríamos en la familia, ya que no todos, ni siquiera familiares, recibían a esta familia “especial”. Era una niña abierta, alegre, creativa, necesitada de afecto, testaruda si quería algo…A los 4 años ya estaba convencida que quería ir a las misiones. En la escuela había escuchado de San Damián De Veuster, y yo también quería estar con “mis leprosos”. Esta convicción permaneció fuerte en mí durante toda mi infancia. ¡Jesús me estaba llamando! Agradezco a mis padres que me respetaron y estimularon en este sentido.

A mis 10 años mi madre estuvo muy mal de salud, estaba tan asustada que pensaba que se moría. Fue un momento fuerte para toda la familia y supimos superarlo juntos, pero cada uno a su modo. Me di cuenta que ya no había diálogo entre nosotros. Mi madre llevaba adelante la fe, la oración por y entre nosotros, era positiva… Todo el tiempo que estuvo en el hospital mi padre no pudo llevar adelante estos valores. Creo que por su dolor personal no encontró la fuerza para creer que se podía ir adelante igual. No quería hacer caer sobre los demás mi sufrimiento y me ponía la máscara que todo estaba bien, esperando que todo pase y volviera a ser como antes.

Sr.Anna1Cuando mi madre regresó del Hospital ya no caminaba más, estaba en silla de ruedas eléctrica. A partir de ese momento ya no la pude abrazar ni ver más como madre. La silla me parecía tan grande…como un muro enorme entre las dos. Poco a poco veía solo la enfermedad y crecía la rabia. Luego de 2 años de sobrevivir con esta “nueva”  situación de mucho silencio y encierro, mi padre cayó en depresión y luego nos dejó. Allí se derrumbó mi mundo, aunque por afuera parecía todo bien no permitía a nadie entrar en mi corazón. Continuaba en el grupo de oración pero no encontraba respuesta para el dolor que tenía adentro. En la desesperación y la tristeza encontré amigas equivocadas y toqué fondo. Sabía que Jesús estaba presente en mi vida y por un lado deseaba encontrarlo personalmente, pero el mal que había entrado por mis heridas era más fuerte, siempre recaía en la mentira, en la falsedad, en la rabia, en escapar con el alcohol, con mi egoísmo.

Una noche grité con todas mis fuerzas ayuda a Jesús y Él me respondió. Me dio la posibilidad de ir a Polonia como voluntaria en un orfanato para niños discapacitados para volver a sentir latir mi corazón, comencé con un proyecto para partir a las misiones de África.…Podía hacer mucho bien pero sentía que era distinta de las jóvenes de mi edad. No era madura, no podía afrontar responsablemente mis errores. Sentía muy fuerte el fuego de la misión pero también mi debilidad. Quería ser parte de la Iglesia, de una familia, pero no sentía que pertenecía a alguien o a algo. Había “perdido” a mis padres y no me sentía hija de nadie.

Sr Anna2Conocí la Comunidad a los 19 años. Otra vez pensé que podía escapar de mis problemas entrando en la Comunidad. ¡Pero esta vez fue distinto! Cuando llegué al portón de la fraternidad de Adé, en Lourdes, sentí que verdaderamente llegaba a casa. Aunque al principio me costó mucho, sabía que no me iría. ¡Pensaba que buscaba algo pero en realidad buscaba Alguien, a Jesús! Lo encontré en la amistad verdadera, en el trabajo, en la oración, en la vida cotidiana. Todas las noches le preguntaba a Jesús en la capilla por qué estaba viva, a quién le pertenecía mi vida. Luego de un año, frente al crucifijo, sentí claramente la llamada. Que mi vida le pertenece a Jesús. Poco a poco empecé a sentir paz dentro de mí, el deseo de reconciliarme con mi familia, de perdonar…La oración me dejó desnuda y allí redescubrí mi verdadero rostro. Cuando conocí a Madre Elvira ella me llamó: “¡Alegría, ven aquí, a abrazarme!” No sabía más qué era un abrazo y salí corriendo. Después ella fue la Madre que abracé de corazón por primera vez y la que me enseñó a abrazar mi vida y la de mis padres. La mirada de Madre Elvira sobre mi vida siempre fue una mirada que sabe mirar más lejos, que ya ve florecer una bella flor en  la montaña de escombros.

peru2Luego de algunos años de camino en las fraternidades femeninas, Madre Elvira me llamó a la Casa de Formación y allí pude iniciar el camino de consagración. Al principio era un SÍ con miedo e incertidumbre a la llamada de Jesús que después se convirtió en un SÍ convencido y con gratitud al Señor por todo el bien y la Misericordia que recibí de Él, de la Comunidad, de mi familia. Un momento fuerte de sanación que hizo un cambio en mi camino, fue cuando comprendí profundamente que mi vida no había sido un error. Vivir junto a Madre Elvira, recibir de ella un abrazo que te hace sentir amada por el Padre, ver su amor desinteresado, limpio, me dio la fuerza para creer que no debo tener miedo de mí misma; que no es verdad que si alguien descubre quién soy sale corriendo. También hoy me doy cuenta que necesito a los demás más que el aire que respiro. ¡Necesito confrontar, el diálogo, para sanar, para alegrarnos juntas, para VIVIR!

Hace 8 meses recibí el gran don de ir a la misión y hoy estoy en Perú, Villa Salvador, con los niñitos pequeños abandonados, con otras hermanas, con tíos y tías…¡Cuanta Vida! Los niños me enseñan que siempre se recomienza,  a  alegrarse por las cosas pequeñas, a escuchar en vez de hablar… Les puedo hacer conocer a Jesús que es el motivo de mi vida, a quien sirvo, a quien amo. La verdadera felicidad es la unidad con Él que se transforma en unidad con las personas con las que vivo cada día.Agradezco a la Comunidad que acoge nuestras vidas para darnos la posibilidad de vivir en la verdad! Agradezco a Madre Elvira, nuestra Madre especial, que todavía hoy se dona totalmente a nosotros. Yo también deseo consumar mi vida por Amor. ¡Gracias!

Hermana Anna

 

Hna Aleksandra

Mi chiamo Suore Aleksandra e vorrei raccontarvi della mia chiamata. Ho sentito la chiamata a seguire il Signore già da piccola. Vicino a casa mia c'era un convento di suore Clarisse e tante volte, andando alla messa con mia mamma, ricordo che le guardavo, le osservavo e pensavo:" un giorno anch'io mi farò suora" però in casa mia non si parlava mai di questo. Sono figlia unica, i miei genitori desideravano che io andassi all'università, che mi sposassi e con il passare degli anni anch'io non ho più pensato a questo desiderio e ho iniziato a frequentare le persone sbagliate. Sono entrata in Comunità per problemi di tossicodipendenza, avevo tanto bisogno e ricordo che dopo un po' ho cominciato a risentire la chiamata ma facevo fatica ad accettarla, vivevo tante paure, la paura per lo più che fosse una fuga da quello che stavo vivendo, la paura di non riuscire. Le domande erano tante:" Ma perchè proprio io? Come faccio?" A casa avevo tante cose che mi aspettavano: l'appartamento, i soldi, tutto ciò di cui avevo bisogno e pensavo fosse impossibile lasciare tutto. Ricordo la prima volta che ho visto Madre Elvira, a Medugorje. Da lontano lei mi è corsa incontro, mi ha abbracciato e mi ha detto:" alza lo sguardo, alza lo sguardo, guarda com'è bello il cielo, alza lo sguardo" me lo ha ripetuto tante volte. Non ho capito subito ma dopo mi sono interrogata e ho capito che voleva dirmi proprio questo: di aprire gli orizzonti., di interrogarmi, di vedere cosa Gesù volesse dalla mia vita. Piano piano, facendo il cammino comunitario, ho capito che la mia chiamata era quella della consacrazione ma non è stato facile accoglierla perchè avevo tanti dubbi, c'è stata tanta lotta dentro di me.

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Durante il cammino ho scoperto una fede e una preghiera molto concreta che fuori dalla cappella si trasformava in servizio, ho scoperto che se preghi bene, lavori bene, questa cocretezza mi ha fatto capire che diventare suora non era solo mettere un'abito ma era dare la vita a Gesù, dare la vita per amare tutti, andando in missione e stando con i bambini: servendo e amando; è una cosa molto più grande di quello che immaginavo. Osservando Madre Elvira e ascoltando le parole che rivolgeva alle sorelle consacrate ho capito che erano anche per me e mi davano tanta speranza. Così ho scritto che volevo iniziare il cammino per diventare suora e ho aspettato un pò di anni prima di arrivare nella casa di formazione, per maturare la mia vocazione. Adesso sto facendo il noviziato e sono felice di vivere le cose piccole, quotidiane, proprio io che volevo sempre fare le cose grandi: questo è un grande miracolo! Vivo accanto a Madre Elvira e osservandola comprendo e imparo ogni giorno che la vita è la cosa più importante, che c'è qualcosa di più, che non c'è da fermarsi ma alzare lo sguardo. C'è da fare, da donare, da amare: è bello poter vivere tutto questo! C'è la croce ma c'è anche tanta, tanta gioia: mi sento fortunata! La mia famiglia fa tanto fatica ad accogliere questa mia decisione, ma il Signore mi ha dato tanto coraggio, tanta forza e tanta pace nel cuore. Ci sono stati momenti nei quali ho pensato:" ma come faranno.." ma ora sento che Lui penserà a loro, sento che Gesù mi ha chiamato a lasciare tutto per seguire Lui! Lui mi sta dando tutto: la forza,il  coraggio e la fede che cresce di giorno in giorno. Una cosa che sento di consigliare a tutti i giovani è di non avere paura perchè solo facento la Sua volontà troveremo la gioia, la pace e sapremo andare oltre a tutto perchè Lui ci dà la forza.

Grazie

Hna Aleksandra

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Hna Mely testimonio ES1“Si no fuera por la Santísima Virgen me hubiese perdido para siempre”… me siento sin palabras para agradecer a Dios lo suficiente por el don de mi vida nueva.

Soy Hna Mely, argentina de Entre Ríos, vivo en la Misión “Rayo de Luz” en Lima-Perú como Hermana Misionera de la Resurrección y estoy muy feliz de pertenecer a Jesús para siempre. Cuando conocí la Comunidad Cenáculo tenía veinticinco años, estaba iniciando a ejercer la odontología y deseaba tener una vida libre, independiente, por lo cual había elegido ese estudio.

Agradezco a Dios por el don de mi familia, soy la quinta de cinco hermanos, crecí en medio de incomprensiones y falta de diálogo entre los adultos, por lo cual siempre me preguntaba si el amor existía de verdad. Para mis padres lo más importante eran los estudios de sus hijos y que puedan realizarse en la vida profesional. En mi familia siempre había “máscaras” de familia perfecta pero en realidad no se vivía a fondo la fe cristiana.

Tuve una vida normal con muchos amigos, diversiones y varias actividades, pero al finalizar la universidad comencé a sentir el vacío, el deseo de aprender a rezar, de encontrar a Dios más cercanamente. Recuerdo que un día dije a la Virgen: “Llámame donde Tú quieras, yo voy…”Fue así que luego de un tiempo encontré una persona de mi ciudad que me habló de los mensajes de la Virgen. El tema me dio curiosidad y quise ir personalmente para comprobar lo que me habían contado.

Los caminos de la Providencia fueron muy claros, recibí la invitación de un sacerdote para ir a Medjugorje, una amiga me prestó el dinero para comprar el pasaje y otro amigo me prestó la maleta. Así que pude ir para agradecer a la “Reina de la Paz” por haberme ayudado a terminar mis estudios y pedirle que me ayude a encontrar mi vocación, para realizar lo que mi corazón deseaba y que seguramente me haría más feliz de lo que yo pensaba. Nunca había imaginado la vida religiosa porque me parecía algo “pasado de moda”. Estando en Medjugorje ofrecí mi servicio como odontóloga en la fraternidad “Campo della Vita” por sugerencia de un sacerdote de la parroquia, luego de unos meses me invitaron para hacer una experiencia de vida con las chicas del Cenáculo. Si bien mis proyectos eran continuar mi viaje hacia Italia, decidí quedarme un período para aprender italiano. La experiencia de vida en fraternidad fue muy enriquecedora, escuchando las catequesis de Madre Elvira pude percibir una luz nueva que mi corazón nunca había encontrado, mi vida comenzaba a recobrar el sentido de la fe. Fue así que poco a poco me abandoné en los planes de la Santísima Virgen, sin saber que sería de mi futuro pero segura de que estaba en buenas manos. Transcurrido un año de vida con las chicas de la fraternidad “Campo della Gioia” fui transferida a la Casa de Formación en Italia donde pude responder “Sí” con alegría a la llamada de Jesús. Descubrí que mi corazón no podía limitarse a una sola familia y a pocos hijos, que desde siempre había deseado servir y amar a los niños, a los jóvenes y a toda la humanidad. Tuve la gracia de vivir un “camino privilegiado hacia la santidad” muy cerca de Madre Elvira durante siete años, donde ella misma nos daba las catequesis y formaba para donar nuestra vida. Recuerdo mi primer encuentro con ella, cuando me dijo: “... a la Argentina iremos juntas y tú irás como una consagrada”. Esto se realizó dos años más tarde. ¡Qué honor haber sido testigo del inicio de una Obra de Dios tan grande en Buenos Aires!

Luego llegó el momento de volar hacia mi continente para llevar la esperanza y el amor a los niños abandonados. Actualmente nuestra familia completa en Perú cuenta con más de 80 niños y màs de 30 misioneros, donde también puedo dedicarme a la salud dental de ellos. Qué alegría poder servir y amar a los hijos de Dios! Parece que nuestra Madre María se ha tomado las palabras muy en serio porque todo el equipo dental ha llegado de Providencia sin haberlo solicitado. Agradezco a Dios por ser parte de esta maravillosa Obra de Misericordia que trabaja las 24 hs los 365 días del año en todas las casas de la Comunidad Cenáculo. ¡Gracias!

Hermana Mely

 

Agradezco a la Providencia que me ha conducido por este bellísimo camino de luz, porque es así hoy mi vida Consagrada a Jesús. Un camino que cada día me hace ser más auténtica. Encuentro subidas, bellísimos días de sol, caminos refrescantes y voy adelante. He recibido un regalo especial, el coraje, (que no tenía) para dejar a la familia, los amigos, el trabajo, con un pequeño y tembloroso “Aquí estoy, Señor, aunque no sé qué es lo que quieres de mí”, porque en el corazón solo tenía un deseo “estar enamorada”, para toda la vida.  Escuché la catequesis de Madre Elvira que decía: “Si quieren hacer una elección  libre para sus vidas, prueben decir un “sí” abierto, ya sea a la vida matrimonial o a la vida consagrada a Jesús. Él les hará ver dónde está su amor”. No quería perder mi independencia pero descubrí la fuerza grande de abrirme a un “sí”. Luego Jesús entró en mi vida y no perdí mi libertad, más aún, la veo crecer sin límites. Y es el amor de Jesús el que me hace caminar siempre más allá en la vida. Más allá cuando le ato los cordones de las zapatillas a un niño que será hombre. O cuando lo ayudo a hacer la tarea, aprenderá a leer aunque hoy no tenga ganas y pone a prueba mi paciencia. O le pongo las medias a una niña que será mujer y madre. Hoy vivo en Perú, en la misión, los ancianos y los pobres que encuentro son una gran escuela de vida: me enseñan la sabiduría de saber recomenzar siempre y de creer en la vida. Este es el amor de Jesús que calienta mi corazón, me da la libertad de sonreír, saltar, abrazar a la humanidad. En nuestra fraternidad, qué variedad, qué riqueza de experiencias, somos tres hermanas consagradas y vivimos con los niños , los misioneros y una familia.Qué bello es aprender a hacernos amigas entre nosotras, las hermanas que somos todas distintas. “Estar enamorada para toda la vida”, si antes era un deseo, ahora también es un desafío que aprendo a aceptar estando alerta y arriesgando mi corazón: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24)

Sor Rosangela