Andrea y Valentina

 

vale andrea“En la oración del Padre Nuestro nosotros decimos: “¡Señor, danos hoy nuestro amor de cada día!” Porque el pan de los esposos es el amor cotidiano. El verdadero pan del alma que nos sostiene para ir adelante”

(el Papa Francisco a las jóvenes parejas de esposos)

Somos Andrea y Valentina, joven familia misionera de la Comunidad en Perú. Queremos agradecer a Dios por el don del amor verdadero, valor redescubierto en la Comunidad gracias a las enseñanzas de Madre Elvira, que hoy son nuestro “pan cotidiano”.
Gracias porque tuvimos el don de descubrir desde el comienzo de nuestra amistad que el amor no es solo un sentimiento, sino que nace de rodillas rezando delante de Jesús Eucaristía. Los primeros tiempos de nuestro noviazgo lo pasamos juntos en la misión de “Rayo de Luz”, lo que nos permitió conocernos mejor dialogando, y especialmente empezar a rezar juntos como pareja, mientras que antes solo era personal o comunitaria: recibimos a Dios entre nosotros.

Luego Valentina fue transferida a la casa de los niños más chiquitos de Villa Salvador y agradecimos más aún por el don de poder vivir esta experiencia en la misión porque las veces que teníamos la posibilidad de encontrarnos, cada uno estaba ocupado con los niños. ¡Fue una bella prueba que, sin embargo, nos educó rápido a la vida concreta de la familia! Así vivimos y seguimos viviendo las misión: como una familia grande que primero nos recibió a nosotros hechos “pedazos”, después nos reconstruyó en la fe y después nos envió como misioneros, acompañándonos después con afecto y oración al matrimonio. Por esto decidimos casarnos aquí en Perú, porque gracias a la oración de los niños, de los tíos, de las tías y de las hermanas, que esperaron, sufrieron y se alegraron con nosotros, fue que maduró el deseo de formar una familia cristiana.

Hoy , después de casi un año de casados, la vida de la familia en la misión sigue siendo una sorpresa cotidiana que nos educa al servicio a los demás, al amor que piensa primero en el prójimo y a la belleza de la simplicidad. Es un esfuerzo cotidiano buscar el equilibrio entre nuestra vida personal de misioneros, la vida de nuestra familia que se está construyendo y la vida comunitaria con los niños. Es un don poder ser parte de esta rica realidad de vida que cada día te pide participación, presencia y atención. Cada día debemos afrontar nuestras pobrezas para mejorar y hacer fructificar los dones que Dios nos dio. En estos años de vida misionera, la vida con los niños ha confirmado y ha hecho crecer nuestro deseo de ser padres, de tener una “familia grande”. Los primeros meses de casados, en los que esperamos con ansiedad que llegara una vida nueva, fue puesta a prueba nuestra fe para aprender que los tiempos de Dios no siempre son los nuestros, pero que Él sabe lo que necesitamos. Así, crecimos en el abandono a Su voluntad y en la confianza y también fue un tiempo que nos enseñó que el amor, la oración y el respeto entre nosotros son las cosas más importantes para formar nuestra familia como una pequeña “iglesia doméstica”. Después, Dios nos bendijo con el gran regalo de una nueva criatura que “llegó” para Navidad! Estamos maravillados de todos los milagros que Dios sigue haciendo en nuestras vidas y estamos felices de poder compartir nuestra alegría con toda la misión que vivió con nosotros esta espera.
Es un don especial para nosotros estar en esta misión donde se reciben tantos niños recién nacidos, así Andrea ya pudo escuchar los “dulces” gritos de bebé y aprendió el “arte” de cambiar pañales.
¡Gracias Jesús por el don de nuestras vidas resucitadas contigo! ¡Aleluya! ¡Un saludo a todos desde Perú!
 
Andrea y Valentina