Hermana ADEVANIA

La paz de Jesús y el amor de María, estén con todos ustedes!
Me llamo Hermana Adevânia, soy de la ciudad de Mogi das Cruzes – San Pablo, y hace algunos años que vivo en la gran familia de la Comunidad Cenáculo.

El encuentro con la Comunidad, ocurrió a través de un gran sufrimiento que estábamos pasando por causa de la dependencia de la droga de mi hermano, gracias a nuestro párroco que conocía la Comunidad, en el distrito de Taiaçupeba, nos indicó la dirección y fuimos a pedir ayuda a los “italianos” como eran conocidos los misioneros aquí en los alrededores, pero de la que nunca habíamos oído hablar.Adevania 2 Este encuentro fue un rayo de luz en nuestras vidas, en particular en la vida de mi hermano que dio inicio a su camino de las “tinieblas a la luz”. La Comunidad no nos pidió nada a cambio, solamente nuestra confianza y mucha oración, era algo que nos impresionó mucho, no conocíamos el verdadero significado de la palabra “Providencia” y fue a través de la Comunidad que esa “Providencia” vino a nuestro encuentro. En aquella época, la Comunidad para los muchachos estaba solamente en la ciudad de Jaú que queda en el interior de San Pablo y la Comunidad de Mogí era para acogida de niños abandonadas o con dificultades familiares. Mi hermano fue para Jaú y no podíamos ir a visitarlo, pero el responsable de la misión nos invitaba siempre a visitar a los niños y a conocer el camino que la Comunidad enseñaba. Aquél rayo de luz que entró en nuestras vidas, comenzó a brillar en un modo especial también en mi corazón. Después sentí que la Comunidad no era solamente para la “recuperación de las drogas” sino que era un verdadero encuentro con Dios, aquél Dios que de niña había conocido a través de la educación recibida de mis padres, pero que en la juventud había dejado de lado, e incluso no haciendo “nada incorrecto” a los ojos del mundo yo también precisaba de ayuda. Durante los dos primeros años de camino de mi hermano en la Comunidad nuestra amistad crecía por medio de cartas y llamadas telefónicas, donde él me contaba de su nueva vida en Cristo, de las enseñanzas de la Comunidad, de vivir una vida enteramente cristiana, llena de valores y la lucha para escoger el bien. Sentía que yo también precisaba descubrir esta vida verdadera lejos de las mentiras y de los engaños de la vida. Dentro mío había un gran entusiasmo, pero no tenía el coraje de dejar aquello que me parecía importante, el “futuro”, mi trabajo, el deseo de formar una familia... Hasta que un día, mi vida cambió completamente. Nunca me voy a olvidar de aquel encuentro en el cual conocí personalmente a Madre Elvira que estaba de visita en la Misión de Mogí, tenía mucha curiosidad por conocerla, porque todos hablaban de ella con mucha fe, con gran cariño y mucho respeto, porque para ellos era una santa! Y aquel día conocí a una “santa”, una monja muy especial, que me abrazó como si nos conociéramos desde siempre y me dijo: “¡Veo que tú eres una persona muy triste!”. Ella continuaba a hablar y nos traducian en portugués, pero en aquel momento yo pensaba solamente en esta frase.

Una frase que muchos me repetían y que yo nunca aceptaba, pero cuando esta monja que nunca me había visto, que no sabía nada de mi vida, me dijo la misma cosa, sentí como si fuese Dios que me hablara a través de ella. En aquel mismo instante sentí un gran vacío en mi corazón, desde hace mucho tiempo vivía una vida sin fe, llena de mentiras y que incluso no usando drogas ni alcohol, yo tenía muchas dependencias que me dejaban triste. Después de una semana, volví a hablar con Madre Elvira y en aquel diálogo tomé la decisión de terminar una relación amorosa que había durado 6 años, no fue fácil, pero sentí que aquella tristeza estaba desapareciendo y que dentro mío tenía las ganas de comenzar una vida nueva. Comencé a frecuentar la Comunidad durante los fines de semana, hasta que después de algunos meses dejé el trabajo y entré en la Comunidad, pensando que más adelante sería enviada a la misión en el Estado da Bahía. Los meses pasaron, comencé a conocer al Cenacolo no como una visitante, sino como parte de la familia. Gracias a Dios y a las chicas que estaban comigo que fueron mis “ángeles de la guarda” y a una misionera, de modo especial, que me acompañaba en este camino, me ayudaron a comprender la "mentalidad europea" o mejor dicho, a aprender un estilo de vida diferente, como el estilo de vida que la Comunidad me ofrecía y me pedía para vivir, y así hacer los primeros pasos para cambiar mi vida.

Descubrí la importancia de una relación personal con Dios, en la Adoración Eucarística, de educar y ser educada en este nuevo estilo de vida.... pero a veces me sentía como un “pez fuera del agua” porque todos los misioneros habían hecho un camino de vida en las fraternidades de Italia y yo no entendía algunas enseñanzas y comportamientos.

Cuando un día, junto con mi hermano y otro chico brasilero nos mandaron para Italia, donde se encontraba la “Casa Madre” de la Comunidad y otras fraternidades masculinas y femeninas. Mi hermano y este chico fueron a vivir a la fraternidad al lado de la casa de los consagrados y de las monjas donde Madre

Elvira pasaba su jornada, y yo en una fraternidad mixta con chicos, chicas, familias y niños a más o menos una hora y media de auto (de distancia). No nos veíamos siempre, solamente en los encuentros comunitarios, no fue fácil, ya que yo no conocía a nadie, no hablaba italiano y entendía muy poco, menos mal que había una muchacha que hablaba español y así conseguía comunicarme un poco. Cuando fui a Italia, los misioneros de Mogí me dijeron que debía aguantar esta experiencia por al menos 3 años, después volvería para Brasil.

Aquellos 3 años parecían una eternidad, porque después de algunas semanas ya no podía más “aguantar” la nostalgia. Pero todo aquello nuevo que estaba viviendo, aunque si era difícil, me daban ganas de vivir esta vida que todos los demás vivían en la simplicidad y en la verdad. Luego de dos semanas me encontré con mi hermano, en este encuentro la Comunidad festejaba la fiesta de Pentecostés, día en el cual los consagrados y las monjas de la Comunidad junto con Madre Elvira renuevan las promesas de seguir a Jesús en esta familia religiosa. En aquel día, 4 jóvenes novicias recibieron la cruz que los consagrados llevan en el pecho, yo nunca había visto a esas mujeres, pero me emocioné tanto que lloraba de alegría por ellas, mi hermano me gastaba diciendo …. “no será que tú también quieres colocarte aquella cruz?”. Aquellos 3 años pasaron volando y hoy agradezco a Dios por aquellos misioneros que me dijeron “aguanta”, porque si hubiese desistido delante de las primeras dificultades, hoy no podría imaginarme que aquel sufrimiento en familia, haya sido el camino para descubrir mi vocación.

En aquella fraternidad, aprendí muchas cosas y la amistad crecía, y despacito empezaba a entender el verdadero espíritu de la Comunidad cuando después de algunos meses fui llamada para ir a la casa de las hermanas, porque Madre Elvira quería hablar conmigo, dentro mío pensaba: “Qué será que la Madre me va a decir?”. Con un italiano hablado casi en portugués, le conté a ella toda mi vida y al final de este largo diálogo, ella se volvió hacia mí y me dijo: “Mañana tú vuelves aquí con todas tus cosas, porque así estarás cerca de tu hermano”. Madre Elvira había leído en mi corazón algo que yo todavía no sabía. ¡Yo en la casa de las hermanas! Gracias a Dios había otras mujeres que estaban allí de pasada: quien esperaba para irse a la misión, quien estaba para descubrir cual era su vocación. Yo no estaba allí por casualidad. Viviendo con las hermanas y novicias, vi que ellas eran “personas normales” con sus dones y sus fragilidades. Con ellas yo rezaba mucho, trabajaba, y había un clima de mucha unidad y alegría. La presencia de Madre Elvira en cada lugar de la casa, su mirar, sus “sermones”, su simplicidad, su oración.

Comencé a reflexionar y a preguntarme ¿cuál era mi vocación? Fue una gran lucha interior, durante la noche me levantaba para rezar y veía siempre que había una hermana delante de Jesús Eucaristía que rezaba, sentía que Jesús me llamaba a estar allí de rodillas como ellas. Cuando llegó la fiesta de la Anunciación del Señor, Madre Elvira dijo que las chicas que quisieran consagrarse a Dios, que escribieran una carta pidiendo a ella de hacer este paso! Yo no sabía qué hacer, era bonito estar con las hermanas, pero también sentía mucha nostalgia de mi familia. Así que no escribí ninguna carta, pero algunos minutos antes de la Santa Misa de aquel 25 de marzo, corrí al encuentro de Madre Elvira y le dije que quería formar parte de esta familia, junto con las hermanas! Ella con mucho cariño me dijo: “Finalmente has dado una respuesta!”. Y fue así que, con mucho miedo y al mismo tiempo con mucha alegría, comencé este camino, con el deseo de vivir de Él, como Él y para Él, pues en Jesús está la gran riqueza de la vida. Confieso que el camino es largo, pero vale la pena! Porque el Señor está siempre a mi lado, dándome la fuerza para levantarme siempre. Agradezco a Jesús que me escogió entre tantas mujeres que son mejores que yo, porque Él está más allá de mis fragilidades y no me excluye de su Gracia, sino que me llama a vivir esta gracia especial en esta familia que hoy somos las “Hermanas Misioneras de la Resurrección”. En este camino en la casa de formación, aquí en Italia, donde hoy me encuentro, tuve la oportunidad de vivir un período en nuestra misión del Perú y hoy tengo el gran don de vivir junto a otras 3 hermanas al lado de Madre Elvira, que en su último período de vida, nos enseña a amar la vida en todas sus dimensiones.

Agradezco a Dios y a Nuestra Señora por formar parte de esta linda familia. Muchas gracias, permanezcan con Dios!