ELISA

elisaLuego de estos años de camino, estoy feliz de poder compartir mi historia de resurrección. Me llamo Elisa, nací en una familia normal como tantas. Mis padres trabajaban todo el día en la empresa de la familia. Mi padre trabajaba mucho y se preocupaba por ganar mucho dinero, convencido que la grandeza de una persona y de una familia se medía por las cosas que poseían. Mi madre era una mujer fuerte que volcaba en mí todo su amor tratando de evitarme todo sufrimiento. Crecí en un ambiente sin diálogo ni unidad. En la escuela primaria me cargaban porque era muy tranquila e ingenua. Todo me lo guardaba y al crecer sufrí mucho por no poder expresar lo que vivía profundamente. Este sufrimiento interior, que no podía aceptar ni compartir, me llevó a acercarme a personas “duras y fuertes”, que yo pensaba que se hacían respetar. No aceptaba mis debilidades y me construí un personaje. Comencé a fumar porro todavía muy joven. Al poco tiempo “encontré” la cocaína y la heroína. Durante más de 15 años viví dos vidas paralelas…la droga era mi fiel compañía de vida. Estaba convencida que era superior a cualquiera, aunque todo lo que tocaba lo destruía. No podía concluir nada, ni la universidad ni sostener un trabajo, ni mi vida personal ni la relación con los demás….todo se derrumbaba, pero siempre la culpa era de los otros. Una noche, una amiga con la que estaba “de fiesta” se empezó a sentir mal y yo no entendí que estaba casi muriendo, estaba indiferente. Al ver que ni la posibilidad de la muerte me “sacudía”, me dio miedo en lo que me había convertido, me daba asco. Fui a pedir ayuda a mis padres, y al ver que para salvar mi vida volvieron a hablarse y a colaborar entre ellos, luego de muchos años de silencio y separación, me dio la fuerza para iniciar este camino.
Al ingresar en la Comunidad mi súper castillo de mentiras y máscaras comenzó a derrumbarse: no sabía quién era, estaba llena de miedos e inseguridad. Agradezco a las chicas que me recibieron y a mi ángel custodio, la chica que me acompañó al principio como una hermana mayor, porque desde el comienzo me amó, con firmeza y carácter, diciéndome la verdad y ayudándome a elegir bien en la vida. Respiraba un aire nuevo alrededor y sentía que algo comenzaba a abrirse en mi corazón. Después del año y medio vino la tentación de salir, fue un momento difícil porque sabía que volvería a recaer. Estaba en una lucha tremenda entre el bien que vivía y el mal del pasado que regresaba. Probé confiar, arrodillarme frente al Santísimo con el corazón abierto. A partir de ese momento algo cambió, sentí que no estaba sola y que tenía una fuerza interior que no era solo mía. Reconocí que Dios existía y que siempre había estado en mi vida. Sentí en el corazón el verdadero deseo de elegir y luchar por el bien. Ya no quería ser más como antes. Aprendí a no escapar más de mis cruces, a afrontarlas con dignidad y sin miedo.
Una vez, después de haber compartido todas mis falsedades, una hermana me vino a decir que me quería más y que estaba orgullosa de mí porque había dado ese paso de sinceridad; yo siempre había temido decir la verdad y fue allí que experimenté lo que significa la Palabra: “La verdad los hará libres”. Antes de la Comunidad nunca había rezado, pero arrodillarme frente a Jesús todos los días, vivir una vida limpia hecha de pequeños gestos de amor y coherencia, me ayuda a caminar en la fe. No me siento más sola, sé que Jesús está conmigo y me guía en el camino. Me hace feliz donar mi vida a las chicas cada día. En el corazón siento muchas ganas de vivir, cosa que jamás ninguna droga me lo había dado antes. Quiero devolver ese amor y esa vida que me fue dada gratuitamente.

Agradezco a Dios por haberme salvado y a la Comunidad por haberme recibido en esta gran familia que siempre había buscado. ¡Gracias Madre Elvira porque tú existes!