Cristian

Cristian¡Doy gracias a Dios porque a lo largo de mi vida no ha dejado nunca de llamarme!

Me llamo Cristian y estoy contento de poder dar testimonio de que he reencontrado la alegría de vivir. Vivo feliz y dispuesto a acoger aquello que Dios ha pensado para mí. Vengo de una familia cristiana, muy simple y de buen corazón; tengo una hermana mayor y un hermano pequeño. Nuestros padres siempre nos han educado en la fe, poniendo en nuestros corazones muchos valores preciosos que Dios ha cultivado en mí. Yo era un niño feliz, responsable, que hacía lo que debía hacer y no daba problemas. Veía a mis padres siempre muy preocupados con los temas escolares de mis hermanos y con los problemas que iban surgiendo con el paso del tiempo, así que yo me sentía dejado de lado, no me sentía considerado. Busqué siempre la relación con ellos, pero la sentía difícil y fría, y no sabía qué ni hacer ni cómo hacerlo. A medida que fui creciendo, mis padres se volvieron aquellas figuras autoritarias que me decían lo que podía y no podía hacer. Su amor era protector, pero yo no lo entendía ni lo aceptaba. Entonces empecé a ver las diferencias con los otros chicos y a sentirme mal, diferente e inferior. Todo esto provocó que no desarrollara mi propia personalidad, y de cara a los otros muchas veces me avergonzaba. A los trece años empecé a ir con chicos que aparentemente parecía más fuertes, y este fue mi primer paso en el mal. En poco tiempo llegaron los primeros consumos de droga: cuando tenía quince años mi familia se dio cuenta y me llevaron a una de las casas del Cenáculo en Loreto, al lado de mi casa. Allí hablé con el responsable que me contó su historia. Pero para mí todavía era como un juego, así que sus palabras no me impresionaron. Continuando en el mal, cada vez iba peor y seguía hundiéndome en las drogas, que poco a poco iban apagándome la vida. Alguna vez fui a Medjugorje en peregrinación, al principio obligado por mi familia, pero después porque sentía que Dios me llamaba, y cada vez me decía a mí mismo: “¡Ahora ya basta, quiero cambiar!”, pero después, una vez en casa, no era bastante fuerte. Casi llegando al fondo, una vez más se me presentó la Misericordia de Dios: me encontré en la necesidad de entrar en Comunidad. Me dijeron: “Entrarás en la casa de Fátima”, ¡y yo no sabía ni siquiera en qué país estaba! Esta casa ha sido el lugar de mi resurrección. Lo primero que realmente me impresionó fue la “revisión de vida”: veía a los chicos como se decían la verdad, con franqueza, pero con amor. Esto para mí era algo nuevo; en sus ojos se veían las ganas de ayudar y al mismo tiempo el deseo de querer acoger las ayudas de los hermanos para cambiar. Me dije: “Ok, me quedo aquí un tiempo, pero este poco quiero hacerlo bien”. Llegaron los momentos difíciles, las luchas, las tentaciones, pero en un momento dado mi corazón se abrió. Me dejé envolver por el bien y el amor de Dios me llenó el corazón, haciendo que mi vida estallara de alegría. Doy gracias a todos aquellos chicos que han estado a mi lado, ayudándome con la verdad, exigiéndome en mi vida, enseñándome a rezar, a quererme, a perdonarme y a aceptarme con mis miserias. Después de este camino de resurrección estoy emocionado de poder vivir hoy la experiencia de la misión en Costa Rica, dando concretamente mi vida a los jóvenes necesitados que acogemos; estoy aprendiendo a amar y a volver a empezar después de cada equivocación, sin darme por vencido, creciendo en la fe y en el servicio. En este tiempo me he dado cuenta que el tesoro de la vida cristiana, encontrado en Comunidad, es tan grande que, cuando lo encuentras y lo haces tuyo, no puedes guardártelo solo para ti, deseas compartirlo, darlo. A veces es dura, pero crezco en el amor porque es dando que luego recibo, y no hay recompensa más grande que quien da la vida por sus amigos. Siento que esta vida, que te enseña a darte, es hoy la llamada de Dios, su voluntad en mi vida. Agradezco a mi familia porque ha sido fuerte y me ha acompañado con amor y libertad; doy gracias a Dios que me ha guiado por el camino del bien, venciendo las tinieblas del mal. Gracias Madre Elvira, por tu “si” que ha permitido a Dios hacerme pasar “de las tinieblas a la Luz”.

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