Giacomo y Maria Chiara

Maria Chiara e GiacomoEs bonito para nosotros poder compartir nuestra historia y dar gracias al Señor por todas las maravillas que ha realizado y que realiza cada día en nuestras vidas. Hace poco más de un año que somos marido y mujer. Sentimos que debemos darle las gracias a Madre Elvira y a la Comunidad porque nos transmiten la importancia de vivir la fe y el carisma comunitario en nuestra vida. Nuestras vidas pasadas son muy diferentes. Nos conocimos ya en la adolescencia, pero cada uno tomó caminos diferentes y estuvimos mucho tiempo sin vernos.

Yo, Giacomo, estuve varios años metido en las drogas hasta que, desesperado y sin ganas de vivir, fui abrazado por la Comunidad e hice este maravilloso camino durante algunos años. Perdí la confianza en las mujeres, pensando que ninguna volvería a querer estar a mi lado nunca más. Pero el Señor me ayudó: una vez fuera de Comunidad, en la parroquia, encontré a Maria Chiara.

Yo, Maria Chiara, soy una chica simple, que he vivido entre la escuela, mi casa y la Iglesia. Aparentemente llevaba una vida “adecuada”, salía poco y frecuentaba ambientes y amigos “tranquilos”. Sin embargo, el miedo a la soledad y al juicio de los demás han sido siempre mis tristes compañeros de vida. Confiaba muy poco en mis capacidades y no alcanzaba a entender lo que el Señor quería de mi vida. Incluso estaba confundida en mi afectividad: tuve noviazgos muy largos con chicos que no creían en Dios, relaciones que se terminaban sin un proyecto de vida. Al final me convertí en una chica “tibia”: mi vida y mi fe eran insípidas y rutinarias. No podía ver que Dios tenía un proyecto mucho más bonito y más grande que mis expectativas mediocres. Si, verdaderamente Dios me sorprendió cuando derribó todas las certezas de mi vida y me hizo reencontrarme con Giacomo. En cuanto nos conocimos, nos salió espontáneamente ser exigentes el uno con el otro. Nos educamos mutuamente a rezar juntos, y esto nos condujo, con el tiempo, a decirnos la verdad, a conocernos mejor y a vivir un noviazgo concreto.

Yo, Giacomo, recé mucho en el noviazgo para que ella hiciera una experiencia en Comunidad, aunque no quise “estirar demasiado la cuerda”, preocupado por si el resultado fuera el contrario. Pero me fie de Dios y después de la boda nació en el corazón de Maria Chiara ese deseo de querer conocer la realidad que yo había vivido. Durante la experiencia comunitaria de Maria Chiara pensé, como regalo para ella, pero sobre todo para nuestra familia, crear un lugar de oración en casa, así que a su vuelta pudimos tener una habitación donde rezar, estar en silencio, compartir y alabar con cantos al Señor. Nuestro camino juntos en la sociedad actual tiene sus dificultades, pero nos sentimos misioneros en el mundo; como familia no queremos depender de lo que el mundo nos propone (consumo, aparentar, intereses y poder), sino depender de Dios. Hoy día, la vida de casados es una continua sorpresa que nos enseña a salir de nosotros mismos, nos permite abrazar nuestra pobreza, sacando frutos de los dones que Dios nos ha dado para mejorar. En los primeros meses de casados el deseo y la esperanza de un hijo eran tan grandes que a veces nos provocaban ansiedad y preocupación. Pero en cuanto nos abandonamos a la voluntad de Dios y a su Providencia, nuestras oraciones se materializaron. De hecho, llenos de gozo, estamos esperando una bebita que el Señor ha pensado para nosotros. Con alegría participamos en los coloquios que tienen lugar en Loreto para acoger a los chicos que quieren emprender el camino comunitario, así como en los encuentros de los Grupos de Padres. Cada vez que volvemos de la fraternidad de Loreto nos sentimos plenos y alegres, aunque también conscientes de que necesitamos regresar al camino de Dios todos los días. Gracias Jesús, porque sabemos que no estamos solos, sino que somos hijos de una Comunidad que nos abraza y nos sostiene con amor maternal.

Giacomo y Maria Chiara