NOELIA

Noelia 1Vengo de Argentina, me llamo Noelia y tengo 26 años. Cuando tenía siete años perdí a mi padre, muerto de un infarto, y desde ese momento cambió mi vida ya que en casa no eran fáciles las cosas. Éramos una familia pobre y sencilla, mi mamá tenía que trabajar todo el día para darnos de comer a mi hermano y a mí, hacía muchos sacrificios que no comprendíamos ni apreciábamos. Yo peleaba mucho con mi hermano y con mi mamá no tenía diálogo: siempre había tensión y a veces gritábamos. No podía amar ni amarla, tenía el corazón cerrado.

Descubrimos que mi hermano había entrado en el mundo de la droga: no lo podía aceptar, me daba vergüenza y a la vez no sabía cómo ayudarlo. Veía sufrir a mi madre y me sentía impotente pero jamás mostré mis sentimientos, trataba de no hablar, cada vez más cerrada. Durante años fui aplastando todo esto; mi droga era la comida, todo lo descargaba comiendo, llegué a pesar más de cien quilos. No tenía ganas de vivir, estaba deprimida, no quería salir de casa, siempre tirada en la cama y no hacía nada más, convencida que mi vida no tenía sentido. Con los amigos era la que siempre hacía reír a todos –así mendigaba amor- pero cuando llegaba a casa la máscara caía y estaba de nuevo la Noelia cerrada, egoísta y perezosa con un vacío en el corazón y mucha tristeza.

La Providencia nos hizo conocer a una señora que nos habló de la Comunidad Cenacolo y así entró mi hermano. Cuando lo encontramos por primera vez en la Comunidad fue muy fuerte encontrar esa luz en sus ojos, mucha vida. Me sentí feliz de verlo así y me preguntaba si yo también podría tener esa luz en mis ojos, pero tenía miedo. Más adelante se formó un grupo de hermanos, hijos, sobrinos de los jóvenes de la Comunidad. Nos reuníamos una vez por mes y me di cuenta que la Comunidad también podía ayudarme a mí, a encontrar la verdad de mí misma.

A los 19 años Dios me hizo el regalo más grande: me llevó a la misión de Brasil con la Comunidad y allí empezó a cambiar mi vida. Comprendí que Jesús me esperaba desde hacía mucho tiempo. Los niños me enseñaron la sencillez; con ellos aprendí a levantar la mirada, a sonreír aunque las cosas sean difíciles, a comprender el valor de tener una mamá que no tuvo miedo de sacrificarse por nosotros, aun en la pobreza. Estos niños me enseñaron a “romper” mi corazón de piedra endurecido por los años y darme cuenta que Noelia tenía un corazón de carne que quería amar pero, por miedo, me daba vergüenza, no me animaba. Poco a poco fue entrando la luz en mi vida, podía mirar a la gente a los ojos sin avergonzarme, podía tener una conversación profunda sin querer escapar…pero con el tiempo entendí que tenía otras heridas profundas que necesitaban un camino más profundo: una experiencia en una casa femenina.

Cuando llegué a Italia tuve el gran don de conocer a Madre Elvira. Nunca en mi vida había visto una mirada tan profunda y tan llena de vida…no sé cómo explicarlo pero cada vez que estaba con ella en la Santa Misa sentía una inmensa alegría. Esa “pequeña gran” mujer nos libró de la tristeza a mí y a mi familia.
El amor de Dios me llevo a la fraternidad de Spinetta donde me conmovió el “aire de familia”. Nunca lo había experimentado en mi casa: chicas que creían en mí aún sin conocerme, no se detenían en mis pobrezas, me amaban y me educaban con constancia y paciencia; me querían gratuitamente. Una sanación importante fue cuando me di cuenta que no podía ser siempre el payaso superficial, una niña que usa la simpatía para mendigar amor. Poco a poco estoy aprendiendo a amar y a dejarme amar.

Recibí el don de ser “ángel custodio” de chicas jóvenes y pude sanar la relación con mi madre. Cuando estuve con chicas jóvenes cerradas, al sufrir por ellas comprendí cuánto sufrió mi mama por mí, con mis silencios. He encontrado dones que ni siquiera sabía que tenía, hoy doy alegría con la música, rezo más y soy feliz cuando puedo ayudar a otros. Puedo servir, correr, incomodarme, sufrir y alegrarme. Agradezco a las hermanas que viven aquí conmigo porque son una familia que no se cansa de amarme y educarme

Agradezco a Dios por la vida de Madre Elvira, gracias a ella hoy mi familia renació, hoy puedo agradecerle a mi mamá por haberme dado la vida, por los sacrificios que hizo por mí, hoy no me avergüenzo más de mi pasado ni de mi historia y agradezco a esta nueva familia del Cenacolo que ha sido mi escuela de vida. ¡Aquí recuperé las ganas de vivir, aquí conocí a Jesús y lo quiero seguir, aquí descubrí que no estoy ni estaré más sola!