PEREGRINACIÓN A CZESTOCHOWA...!

Czestochowa, 16 – 26 de agosto

Después de tantos momentos de unidad, de alegría y fe vividos en la JMJ junto a jóvenes de todo el mundo, también este año tuvimos el don de participar en la peregrinación a Czestochowa. Partimos con algunos chicos de las fraternidades de Croacia, de Austria y de Eslovaquia. Mons. Andrej Jez, Obispo de Tarnow, abrió la peregrinación con la celebración de la Santa Misa, sus palabras nos dieron fuerza, invitándonos a dejar el “diván” y ponernos las zapatillas para caminar anunciando el Evangelio.

2016 CzestVivimos un magnífico retiro espiritual de nueve días, durante los cuales, padre Michal Dabrowka nos ayudó, día a día, a entrar en la belleza de la infinita misericordia de Dios, descubriendo los mandamientos de la Misericordia. Todos los días abríamos nuestro corazón a sus palabras que nos hacían reflexionar. Cada mandamiento comienza con la mirada de Jesús: Jesús mira a cada hombre, a cada uno de nosotros, con nuestros pecados, mira a los que más sufren y se conmueve. Este es el primer mandamiento de la Misericordia: “La mirada lleva a la compasión.”

En el segundo mandamiento Jesús mira a Zaqueo y le dice que es bueno. Todos sabemos qué opinaban de él, pero Jesús es el único que no lo mira desde arriba: se abaja y le dice que irá a su casa, a la casa de un pecador, de un publicano. Jesús posa su mirada sobre él y Zaqueo por primera vez no se siente juzgado, no se siente como si no valiera nada. ¡Hay que salir, ir hacia los pecadores y ver qué hay bueno en ellos! De la misma manera en que Jesús nos mira a cada uno de nosotros y nos dice: “Eres bueno”. Cristo es quien mejor conoce nuestros corazones. Es el segundo mandamiento: “Vayan a la mesa de los pecadores.”

2016 CzestochoDon Michal nos recordó que a menudo al ver a las personas que más sufren, en el cuerpo o en el espíritu, nos preguntamos: ¿Dónde está Dios? ¿No ve lo que sucede? La respuesta es “Dios está en ellos”. Y es el tercer mandamiento. Dios está en cada persona que sufre y es importante cómo nos comportamos con ellos. No es suficiente darles de comer, de beber o vestirlos: debemos detenernos con ellos, sacrificar nuestro tiempo, estar atentos a ellos, dialogar. De esto nace el cuarto mandamiento: “No soy más yo que amo sino Cristo ama en mí”. Jesús nos ofrece su Sangre y su Cuerpo para que podamos amar y servir más. Nos refuerza con los sacramentos y con su Palabra para que podamos seguirlo. Nos une en la comunidad de la Iglesia para hacernos salir y donarnos a los más necesitados. Este es nuestro Dios, para quien nada es imposible.

Nuestro viaje cotidiano era sostenido por la oración: cada día rezábamos y contemplábamos los Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos, la Coronilla de la Divina Misericordia, “Godzinki” y el Vía Crucis. Fue un lindo tiempo para todos. Cada tanto teníamos que traducir a algún hermano de otra fraternidad lo que nos hizo redescubrir la belleza del servicio, de donar “nuestro” tiempo ayudando con un simple gesto. Cada día nuestros rostros iban cambiando, cada vez más bellos, más sonrientes: se podía ver “el fruto” de la oración. Cuanto más nos acercábamos a la Virgen más fuerte era la amistad y la alegría entre nosotros. Nos sostenían y reforzaban las reflexiones diarias y enseñanzas del Papa Francisco: simple y claro, fuerte y concreto. Durante esta peregrinación el don de la confesión nos hizo más libres. Este don lo vivimos con una profunda gratitud a Dios Padre que es Misericordioso, que se conmueve cada vez que regresamos a Él, que nos espera con los brazos abiertos. Todas las noches, la jornada terminaba con la oración: Monseñor Andrej Jez “purificaba” con el óleo de la Misericordia nuestros ojos, nuestros labios, nuestras orejas. Todo esto nos acercaba y nuestros corazones estaban más unidos y puros, llenos de compasión y de calor. Nos sentimos hermanos y hermanas que a cada paso nos acercábamos más a nuestra Madre Elvira. Nos sentimos amados por Dios Padre.

Antes de entrar en Czestochowa tuvimos el don de hablar por teléfono con Madre Elvira: a pesar de que ya no tiene más el don de la palabra, se escuchaba el canto de las hermanas y sabíamos que del otro lado estaba su sonrisa, su mirada, sabíamos que allí estaba ella, la Madre que sufre, que sonríe, que se alegra con la alegría de sus jóvenes que entran y se detienen ante la imagen de la Virgen Negra. Había alegría y emoción en todos los rostros mientras cantábamos el himno de la JMJ. Llegados ante el trono de María, en un instante dejamos toda nuestra vida en sus manos: no se puede contar, hay que vivirlo. Al final se celebró la Santa Misa y luego saludamos a todas las hermanas y hermanos de nuestro grupo. Este tiempo lo vivimos plenamente y nos dimos cuenta que en la vida de cada uno de nosotros hay cosas que no se pueden comprar, que no tienen precio y agradecimos a la Virgen de corazón porque nos trajo hacia Ella y su Hijo Jesús. Su nombre es un amor radical: Misericordia.

CZESTOCHOWA

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