Sor Anna

 

Sr.ANNA“Dios sabe todo de nosotros por eso nos envuelve en su Misericordia” Madre Elvira

Me llamo sor Anna, soy de Bélgica (Gent) y tengo 28 años. Crecí en una familia cristiana, cuando pienso en mi infancia siento una gran alegría en el corazón. Mis padres nos quisieron mucho a mi hermano y a mí. Un bien expresado con gestos concretos de amor: jugar junto a nosotros, enseñarnos que hay más alegría en dar que en guardarse las cosas. Creo que la enfermedad de mi mamá –distrofia muscular- me permitió tener más abierto el corazón hacia los demás. Ya desde niña comprendía que excluir a una persona porque “es distinta”, hace mal. No quería hacerles a los demás lo que a veces sufríamos en la familia, ya que no todos, ni siquiera familiares, recibían a esta familia “especial”. Era una niña abierta, alegre, creativa, necesitada de afecto, testaruda si quería algo…A los 4 años ya estaba convencida que quería ir a las misiones. En la escuela había escuchado de San Damián De Veuster, y yo también quería estar con “mis leprosos”. Esta convicción permaneció fuerte en mí durante toda mi infancia. ¡Jesús me estaba llamando! Agradezco a mis padres que me respetaron y estimularon en este sentido.

A mis 10 años mi madre estuvo muy mal de salud, estaba tan asustada que pensaba que se moría. Fue un momento fuerte para toda la familia y supimos superarlo juntos, pero cada uno a su modo. Me di cuenta que ya no había diálogo entre nosotros. Mi madre llevaba adelante la fe, la oración por y entre nosotros, era positiva… Todo el tiempo que estuvo en el hospital mi padre no pudo llevar adelante estos valores. Creo que por su dolor personal no encontró la fuerza para creer que se podía ir adelante igual. No quería hacer caer sobre los demás mi sufrimiento y me ponía la máscara que todo estaba bien, esperando que todo pase y volviera a ser como antes.

Sr.Anna1Cuando mi madre regresó del Hospital ya no caminaba más, estaba en silla de ruedas eléctrica. A partir de ese momento ya no la pude abrazar ni ver más como madre. La silla me parecía tan grande…como un muro enorme entre las dos. Poco a poco veía solo la enfermedad y crecía la rabia. Luego de 2 años de sobrevivir con esta “nueva”  situación de mucho silencio y encierro, mi padre cayó en depresión y luego nos dejó. Allí se derrumbó mi mundo, aunque por afuera parecía todo bien no permitía a nadie entrar en mi corazón. Continuaba en el grupo de oración pero no encontraba respuesta para el dolor que tenía adentro. En la desesperación y la tristeza encontré amigas equivocadas y toqué fondo. Sabía que Jesús estaba presente en mi vida y por un lado deseaba encontrarlo personalmente, pero el mal que había entrado por mis heridas era más fuerte, siempre recaía en la mentira, en la falsedad, en la rabia, en escapar con el alcohol, con mi egoísmo.

Una noche grité con todas mis fuerzas ayuda a Jesús y Él me respondió. Me dio la posibilidad de ir a Polonia como voluntaria en un orfanato para niños discapacitados para volver a sentir latir mi corazón, comencé con un proyecto para partir a las misiones de África.…Podía hacer mucho bien pero sentía que era distinta de las jóvenes de mi edad. No era madura, no podía afrontar responsablemente mis errores. Sentía muy fuerte el fuego de la misión pero también mi debilidad. Quería ser parte de la Iglesia, de una familia, pero no sentía que pertenecía a alguien o a algo. Había “perdido” a mis padres y no me sentía hija de nadie.

Sr Anna2Conocí la Comunidad a los 19 años. Otra vez pensé que podía escapar de mis problemas entrando en la Comunidad. ¡Pero esta vez fue distinto! Cuando llegué al portón de la fraternidad de Adé, en Lourdes, sentí que verdaderamente llegaba a casa. Aunque al principio me costó mucho, sabía que no me iría. ¡Pensaba que buscaba algo pero en realidad buscaba Alguien, a Jesús! Lo encontré en la amistad verdadera, en el trabajo, en la oración, en la vida cotidiana. Todas las noches le preguntaba a Jesús en la capilla por qué estaba viva, a quién le pertenecía mi vida. Luego de un año, frente al crucifijo, sentí claramente la llamada. Que mi vida le pertenece a Jesús. Poco a poco empecé a sentir paz dentro de mí, el deseo de reconciliarme con mi familia, de perdonar…La oración me dejó desnuda y allí redescubrí mi verdadero rostro. Cuando conocí a Madre Elvira ella me llamó: “¡Alegría, ven aquí, a abrazarme!” No sabía más qué era un abrazo y salí corriendo. Después ella fue la Madre que abracé de corazón por primera vez y la que me enseñó a abrazar mi vida y la de mis padres. La mirada de Madre Elvira sobre mi vida siempre fue una mirada que sabe mirar más lejos, que ya ve florecer una bella flor en  la montaña de escombros.

peru2Luego de algunos años de camino en las fraternidades femeninas, Madre Elvira me llamó a la Casa de Formación y allí pude iniciar el camino de consagración. Al principio era un SÍ con miedo e incertidumbre a la llamada de Jesús que después se convirtió en un SÍ convencido y con gratitud al Señor por todo el bien y la Misericordia que recibí de Él, de la Comunidad, de mi familia. Un momento fuerte de sanación que hizo un cambio en mi camino, fue cuando comprendí profundamente que mi vida no había sido un error. Vivir junto a Madre Elvira, recibir de ella un abrazo que te hace sentir amada por el Padre, ver su amor desinteresado, limpio, me dio la fuerza para creer que no debo tener miedo de mí misma; que no es verdad que si alguien descubre quién soy sale corriendo. También hoy me doy cuenta que necesito a los demás más que el aire que respiro. ¡Necesito confrontar, el diálogo, para sanar, para alegrarnos juntas, para VIVIR!

Hace 8 meses recibí el gran don de ir a la misión y hoy estoy en Perú, Villa Salvador, con los niñitos pequeños abandonados, con otras hermanas, con tíos y tías…¡Cuanta Vida! Los niños me enseñan que siempre se recomienza,  a  alegrarse por las cosas pequeñas, a escuchar en vez de hablar… Les puedo hacer conocer a Jesús que es el motivo de mi vida, a quien sirvo, a quien amo. La verdadera felicidad es la unidad con Él que se transforma en unidad con las personas con las que vivo cada día.Agradezco a la Comunidad que acoge nuestras vidas para darnos la posibilidad de vivir en la verdad! Agradezco a Madre Elvira, nuestra Madre especial, que todavía hoy se dona totalmente a nosotros. Yo también deseo consumar mi vida por Amor. ¡Gracias!

Hermana Anna